El Irresistible Encanto de la Insania 2

 

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EL IRRESISTIBLE ENCANTO DE LA INSANIA

Ricardo Kelmer – Miragem Editorial, 2015
novela – traducción: Felipe Obrer

Luca es un músico, obsesionado por el control de la vida, que se involucra con Isadora, una viajante taoísta que asegura que él es la reencarnación de su maestro y amante del siglo 16. Él comienza una aventura rara en la cual desaparecen los límites entre sanidad y locura, real e imaginário y, por fin, descubre que para merecer a la mujer que ama tendrá antes que saber quién en realidad es él mismo.

En esta insólita historia de amor, que ocurre simultáneamente en la España de 1500 y en el Brasil del siglo 21, los déjà-vu (sensación de ya haber vivido determinada situación) son portales del tiempo a través de los cuales tenemos contacto con otras vidas.

Blues, sexo y whiskys dobles. Sueños, experiencias místicas y órdenes secretos. Esta novela ejercita, en una historia divertida y emocionante, posibilidades intrigadoras del tiempo, de la vida y de lo que puede ser el “yo”.

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In portuguese – blog 

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CAPÍTULO 4

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La señalera se puso verde y Luca aceleró, avanzando el volkswagen por la avenida. Por el retrovisor veía las calles quedándose atrás, ellas y sus esquinas de amores en oferta. El aliento tibio de la noche, la amiga noche seduciéndolo en los neons coloridos… Luca se sonrió, estimulado. La ciudad desnuda, la ausencia de pundonor en el aire, un romance caliente… Era necesario ser feliz, urgente.

La noche te viste de sonrisas
Y tu aliento es la brisa que me conduce
Toda la prisa de las esquinas
Son vidrieras de retina
Promesas de amar
Alquile un placer con vista al mar

Una presentación más en el Papalegua. Ésta vez un viernes, pues el jueves Luca aún estaba bastante afónico. Y ésta vez los compañeros lo prohibieron absolutamente de improvisar con músicas no ensayadas.

Después del show Carlito se dirigió a Luca, en el camerino.

– Llegó a fin de tarde, tómalo – le dijo, entregándole un papel.

Luca abrió el telegrama, curioso.

Estoy en la laguna de Uruaú. Hinchando por un buen show. Isadora.

Él leyó y releyó, y por algunos instantes se sintió desplazar lentamente por un agujero en el tiempo… dos meses antes… Isadora…

– ¿Quién es Isadora? – preguntó Junior, leyendo el telegrama por sobre del hombro del amigo.

– La preciosa de Tibau del Sur.

– ¡Ah, la que te cogiste en una vida pasada! ¡Luca Nalla ahora ataca de esotéricas!

– Ella es loquita pero es maravillosa… – Dijo Luca, recordando la última noche con Isadora.

– Ah, yo conozco esa mirada.

– ¿Qué mirada?

– De enamorado.

– Qué nada, es solo una historia.

– Cuidado, ciudadano. Amar es un peligro.

Luca se volcó la dosis de whisky y anunció:

– Amigos, estoy yendo ahora hacia Uruaú. Nos vemos después.

– Loco, nuestra entrenadora personal está allá en la mesa – avisó Ranieri. – Y ya mandó traer dos litros de Red. ¿Vas a rechazar?

Por la rendija de la puerta del camerino, Luca miró hacia la mesa y vio a Sonita, ella y sus botas negras asesinas… Sonita ahora era como una asesora de la banda para temas de gimnasia y, gracias a sus buenos contactos, todos los de la banda podían hacer ejercicios sin pagar. A ella le parecía que el Ombligo Blues quedaría mucho mejor si todos estuvieran con el tórax delineado.

Por algunos segundos Luca quedó en duda, sintiéndose en una encrucijada. Estaba borracho y cansado, quizás no fuera adecuado tomar la ruta. Pero por otra parte, quería mucho ver otra vez a Isadora. No le gustaban nada aquellas súbitas decisiones.

– Uruaú me llama – él finalmente respondió. – Y guarden una dosis para mí.

Poco después ya seguía por la ruta en su volkswagen, cruzando la madrugada. Entonces la muy viva estaba en la laguna de Uruaú…, él pensó, mientras escuchaba los blues de Celso Blues Boy, otro amor en la larga ruta. Un estremecimiento raro se aposaba de su cuerpo y de su alma, haciéndolo acelerar lo más que podía, quería llegar en seguida, reencontrar a Isadora…

Noventa kilómetros después llegó a Uruaú, costa Este de Ceará. Manejó atento por las pequeñas rutas que rodeaban la laguna, en búsqueda de una tienda azul. Pero había poca luna en el cielo, estaba muy oscuro. No encontró la tienda. Rodó un poco más y nada. Bajoneado, paró el coche cerca del margen, bajó y caminó hasta la laguna. Se mojó los pies en el agua fría, se lavó la cara. Estaba muy cansado. Bueno, no había sido realmente una buena idea. ¿Adónde tenía la cabeza? Que mierda.

Entonces, mirando hacia un rincón en el otro margen, le pareció distinguir… una hoguera. Volvió corriendo al coche, dio la vuelta y salió a toda velocidad por el caminito de arena. Más adelante tomó otro camino y se vio de repente en el medio del monte. Pero siguió. Entonces el paisaje se abrió súbitamente y la laguna surgió de nuevo a su frente, ennegrecida por la noche sin luna. Y al lado, a pocos metros, la hoguera. Y la tienda azul. Y allí estaba Isadora.

Se abrazaron en silencio durante un tiempo largo. Él reconoció la sensación de los cabellos de Isadora rozándole la cara, el contacto de los senos en su pecho, el calor acogedor de su cuerpo… Y entonces se dio cuenta de que había olvidado, simplemente se había olvidado de como era realmente maravilloso estar con ella.

– Que bueno que has venido, Luca.

– ¿Cómo supiste del show?

– Vi en el periódico. Llamé, pedí la dirección y envié el telegrama.

Él se rió, bobamente fascinado. Isadora y su manera de hacer las con que las cosas fueran más simples de lo que parecían ser… De repente vivir era de una simplicidad tan obvia, tan obvia…

– El sueño me arrebata – él dijo, bostezando. – ¿Tenés algo para tomar?

– ¿Por qué no te das una zambullida? El agua está bien tibia!!

– Buena idea.

Luca entró en la tienda para cambiarse de ropa y momentos después, como él no salía de allá adentro, Isadora entró y… lo encontró roncando, desparramado en la colchoneta, un pie calzado y otro descalzo, la boca abierta, babeando. Ella encontró gracia en la escena y, mientras lo arreglaba para dormir mejor, susurró a su oído:

– Enrique…

Sí, confirmó para sí misma, allí estaba su amado, solo podía ser él. Nada que no fuera eso haría sentido. Él era Enrique, sí, y ella finalmente lo había reencontrado. Cuatrocientos años después.

Desde que los sueños vinieron, dos años antes, ella había luchado silenciosamente contra la presión de los dos lados de la realidad, un lado gritando que dejara de locuras, que vidas pasadas ni siquiera podían ser comprobadas de hecho, y el otro lado susurrándole al oído que permitiera que aquel antiguo amor le orientara el camino.

Después del sueño con Luca, había decidido seguir los susurros. Entonces dejó a un lado el empleo en el banco, juntó los ahorros y rumbeó hacia las playas del Noreste. Pero las dudas siempre la acompañaron. ¿Cómo iría a encontrar a alguien en una inmensidad de lugares posibles? ¿Y si todo no fuera más que una torpe y ridícula fantasía? Eran preguntas que dolían en su alma, y que ella expulsaba hacia lejos siempre que surgían. Pensar en eso le daba escalofríos, y en esos momentos una inmensa sombra la involucraba… la sombra de la locura. La locura de Catarina.

Cuando vio a Luca en Tibau del Sur, no tuvo más dudas. Pero, en un primer momento, al darse cuenta de que él no recordaba nada y ni siquiera creía en vidas pasadas, se sintió perdida y frustrada, sin saber qué hacer. Pero ya había ido muy lejos, simplemente no podía darse por vencida así de su gran amor, el amor que cuatrocientos años antes ella había perdido por motivos que nunca entendió. Por eso dio el paso siguiente, el sexo, y aquella noche estupenda en la tienda solo confirmó todo, la combinación perfecta de los cuerpos, la mezcla armoniosa de ternura y violencia, el placer enloquecedor… ¿Cómo el sexo podía ser tan perfecto con un desconocido? Solamente si el desconocido no fuera realmente un desconocido…

Entonces decidió seguir en el viaje por las playas, como si de alguna forma la cercanía del mar pudiera traer de vuelta a su amor perdido. Tal vez Luca solo necesitara algún tiempo más. Tal vez también ella lo necesitara.

Estaba correcta. Un mes entero lejos de Luca sirvió para entenderlo mejor. Y, comprendiendo a Luca, terminó también comprendiendo un poco más al propio Enrique. Ambos eran obsesionados por el mismo deseo: controlar a la vida. Cada uno a su modo, ambos tenían un elevado sentimiento de importancia personal y se consideraban capaces de dominar todos los acontecimientos alrededor. Pero actuando así, se olvidaban de realmente vivir la vida. Entretanto, había una diferencia, ella sabía: al paso que Enrique se había entregado al amor que sentía por Catarina, Luca tenía miedo de amar. En su sueño, él le había pedido que lo ayudara a saltar en el abismo – pero parecía escaparse de él.

Isadora miró al hombre estirado adelante de sí, ebrio y roncando. Fuera lo que fuera el abismo, definitivamente aquella no era la mejor manera de saltar.

*     *     *

Luca abrió un ojo y después el otro, la vieja estrategia para que no le doliera tanto. Hacía calor, ya debía ser bien tarde. Reconoció el interior de la tienda azul de Isadora. Pero ella no estaba a su lado. Sintió una súbita puntada de miedo… El mismo miedo que había sentido en Tibau del Sur cuando buscaba por ella el último día.

Entonces salió de la carpa y la vio sentada al lado, a la sombra de un guayabo, leyendo el I Ching.

– Bienvenido al día, Luca de Luz Neón.

– ¿Qué pasó ayer? – él preguntó, bostezando.

– Te dormiste.

– Me dormí antes o después de que nosotros…

– Muuuucho antes – ella respondió, riéndose.

– Que mierda.

– Mejor así, vos estabas en un estado lastimoso. ¡Y todavía has venido manejando! Si yo supiera, no te habría enviado aquel telegrama.

– ¿Venden lentes de sombra acá por cerca? – él preguntó, protegiéndose los ojos de la claridad insoportable.

– Sin desesperaciones. Yo te presto los míos.

– Isadora, vos sos la mujer ideal.

En el restaurante, él pidió una cerveza para contrarrestar la resaca. E Isadora contó de las playas por las cuales había pasado antes de llegar allí.

– En Canoa Quebrada casi me metieron presa, ¿sabes?

– ¿Por qué?

– Es que en el camping había un vivero de pájaros. Y yo no aguanto ver a un pajarito en cautiverio.

– ¿Qué hiciste?

– Los solté a todos, evidente.

– No lo creo.

– La dueña del camping desconfió de mí y llamó a la policía, pero no podía probar nada.

– Caramba, vos sos de hecho una amenaza al orden establecido.

Incluso para el mío, él casi completó, por poco.

– ¿Y la vida en Fortaleza, cómo anda?

– Todo bajo control.

– ¿Hay show hoy?

– No.

– Me alegro. Entonces puedes quedarte hasta mañana.

– Ahn… No puedo. Hoy de noche tengo una reunión importante.

– Que pena.

– Negocios – él completó. – Sabes cómo es, la banda se está volviendo más profesional.

Él se sonrió, tomando un trago de cerveza. En realidad, lo que había dicho era una media verdad. La banda estaba realmente profesionalizándose, pero la reunión no era con nadie de la banda. Era con una aficionada. Y a solas.

La tarde ya caía cuando ellos salieron del restaurante y fueron a pasear por los márgenes de la laguna, a pisar descalzos en la arena, a sentir la brisa fría del fin de tarde.

– ¿Y aquel billete que has dejado, Isadora? ¿Qué abismo es ese que yo tengo que saltar?

– No sé. Sos vos el que debería saber.

– Claro que no. El sueño fue tuyo.

– Pero el abismo es tuyo – ella respondió, riéndose.

Caminaban abrazados por la arena y las olas venían a lamerles los pies, dejando conchas de recuerdo.

– ¿Vos estás satisfecho con tu vida, Luca?

– Hay cosas que podían mejorar.

– ¿Vos confías en la vida?

Él demoró en responder. Pateó una piedra en la arena.

– No se puede confiar en la vida cien por ciento, Isadora, sabes bien.

– ¿Por qué?

– Porque ella es traicionera. Hay que estar siempre atento para no ser apuñalado por la espalda.

Isadora meneó la cabeza, sin conformarse. ¿Cómo alguien podía vivir con tantas trabas?

– Entrega el control, Luca. Eso es una ilusión.

– Ilusión es creer que la vida se soluciona por sí sola. Es mejor controlar.

– ¡Claro que no! Controlar a la vida termina trabándole.

Ella se soltó de él para coger una concha.

– Confiar en la vida parece locura, yo sé. Pero trata, dale. Yo te ayudo.

Ella sacó la arena de la concha y se la entregó. Él la recostó al oído.

– ¿Estás oyendo? Es el sonido del abismo. Él te va a susurrar el camino si nosotros nos perdemos de nuevo.

– ¿De nuevo? – él preguntó, guardando la concha en el bolsillo.

– Sí, como hace cuatro siglos.

– Isadora, vos sabes que yo no creo en reencarnación – él dijo, tratando de no ser rudo. – Creo en lo real, en lo que yo puedo ver.

– No importa. Vos sos Enrique, mi amor real.

– ¿Pero cómo puedes tener tanta seguridad?

– Yo sé. Apenas sé.

– Todo bien, vamos a suponer que sea yo mismo. ¿Por qué entonces yo no me acuerdo?

– Eso no lo sé.

– Si yo fui Enrique, entonces evolucioné al revés. El tipo era brujo, poderoso…

– Quizás vos estés desperdiciando tu poder tratando de controlar todo. Adonde hay control, la vida no fluye. Ni sobra espacio para el amor, ¿sabías?

– ¿Vos y Enrique se amaban de verdad?

– Mucho.

– ¿Por qué él no volvió a encontrarte? ¿Quiero decir, a Catarina?

– No lo sé, eso no conseguí recordar. Enrique tenía enemigos, creo que terminó siendo atrapado.

– Bien, si yo fui Enrique, entonces yo podría saber qué pasó con él.

– Si realmente llegas a necesitar saber, lo sabrás.

– ¡Eso es confiar demasiado en el destino, Isadora! – Él no se conformaba. – Como si todo ya estuviera escrito.

– Nada está escrito. Tenemos que hacer todo.

– ¿Hacer todo? Eso no contradice tu principio taoísta de no forzar las situaciones?

– De hecho, contradice.

– ¿Y entonces?

– Entonces tenemos que hacer todo, pero sin forzar a las situaciones.

Él suspiró, dándose por vencido del tema. ¿Cómo alguien podía vivir con lógicas tan absurdas?

*     *     *

Luca despertó y se vio adentro de la tienda azul. Pero ésta vez Isadora dormía a su lado. Él había cancelado la reunión nocturna con la aficionada, simplemente no había resistido a Isadora. Se anidó un poco más en ella mientras recordaba la noche anterior, el cuerpo tierno y generoso de Isadora, su forma deliciosa de abrazar, de llamarlo hacia adentro de sí como un orden a la cual no podía desobedecer… Con ella el sexo era siempre intenso. Y tenía algo de misterioso, un qué de sagrado. Y ella era tan hermosa durmiendo… Luca acarició sus cabellos mientras se imaginaba su caballero protector. ¿Y si fueran casados?

Él interrumpió el cariño, asustándose con el propio pensamiento. ¿Casados? No debía estar muy bien de la cabeza. ¿De dónde miércoles había sacado una idea tan desquiciada?

En ese instante, sintiendo el corazón acelerado, él vio prenderse la lucecita roja de alerta. Sí, existía. Y se llamaba amor. Y el amor era algo que no formaba parte de sus planes. Amar era perder el control de sí mismo, él sabía, y eso era todo lo que no necesitaba. Más prudente era mantenerse a una distancia segura.

Pero ella era tan linda, tan especial… Ella era absolutamente diferente de cualquier mujer que hubiese conocido en toda la vida. Y todavía hacía el mejor sexo del mundo. A su lado vivir se volvía más instigador más misterioso… Una pena que vivía tan lejos.

¿Y si por casualidad vivieran en la misma ciudad?, se preguntó, tratando de imaginarse cómo sería. ¿Abdicaría de todas las otras por ella?

Se sentó, molesto con el rumbo de sus pensamientos. Estaba soltero, ¿por casualidad se había olvidado de eso? Estaba soltero y le gustaba su vida así, sin las complicaciones que el amor siempre traía. Y, además de todo, Isadora era demasiado loca. Mejor mantener la cosa como estaba, ella en sus viajes y él en Fortaleza, en la seguridad de su mundo.

Se levantó con cuidado para no despertarla y salió de la tienda. El sol ya subía en el horizonte pero el día estaba nublado. Caminó hasta la casa que alquilaba kayacs y tomó uno. Unas buenas remadas por la laguna le harían bien.

Luca se acomodó adentro del kayac y empujó el suelo con el remo, desplazándose suavemente sobre el agua. No pudo dejar de notar lo insólito de la situación: las seis de la mañana de un domingo y él en un kayac, remando en aquella inmensa laguna, en aquel inmenso silencio, era raro. El amanecer realmente era un mundo desconocido.

El kayac avanzaba laguna adentro mientras la luminosidad del nuevo día se derramaba despacio sobre la laguna. De repente Luca sintió que todo aquel silencio era una manifestación de la laguna y ella era tan grande… tan digna… que permitía que una criatura ruidosa como él afectara la paz de su superficie.

Entonces paró de remar. El kayac prosiguió desplazándose un poco más. Y el silencio se manifestó enteramente, en toda su majestuosidad. Se sintió indigno en aquel ambiente, contaminándolo, y empezó a arrepentirse de estar allí. Él no era tan puro como aquel silencio. No era digno como la laguna.

Fue en ese momento que, súbitamente, comprendió cuan pequeño era frente a todo aquello. Fue un relámpago repentino y lo hizo entender instantáneamente que él no significaba nada, absolutamente nada. Se dio cuenta de que la laguna tenía perfecta consciencia de él, evidente, que era imposible que no supiera de él en su superficie. La laguna estaba allí hacía siglos y nada la ponía ansiosa. Digna y grandiosa, ella permitía que la vida se manifestara en sus honduras y que seres insignificantes como él se desplazaran en sus aguas.

Sintió miedo de morirse. Sí, él moriría allí mismo si la laguna así lo quisiera, no había dudas en cuanto a eso. No podría hacer nada y nadie escucharía sus gritos. Se hundiría y moriría…

Entonces bajó la cabeza y, aislado como nunca estuvo en su vida entera, lloró. Lloró de pavor, enteramente rendido, mientras esperaba el momento en que la laguna finalmente lanzaría de las honduras sus tentáculos y lo arrastraría hacia el fondo. Y todo estaría terminado.

Una eternidad después sintió que el inmenso silencio relajaba su fuerza sobre él. Entonces abrió un ojo, la cara aún escondida entre las manos, después el otro ojo. Todo seguía como antes, la laguna tranquila, el kayac flotando sobre las aguas. Entonces, bien despacio, aún temeroso, tomó el remo y lo metió en el agua. Y la laguna se movió, pareciendo que se iba a despertar.

Empezó a remar, cuidadosamente. Remó y remó hasta alcanzar el margen. Cuando finalmente el fondo del kayac se arrastró por la arena, emitiendo un sonido afónico, él se sintió saliendo de un sueño… Pisó la tierra todavía un poco mareado, el corazón casi en la boca, mientras las olas menudas le daban latigazos en los pies. Era la laguna enviándole un último mensaje: no eres nada, no eres nada…

– Yo lo sé – dijo bajito.

Ya sabía, sí. No necesitaba repetirlo.

*     *     *

‒ Después que nosotros nos conocimos, Isadora, esas cosas raras empezaron a ocurrir. En Tibau del Sur yo casi me muero ahogado. Ahora fue la laguna que me quiso tragar. ¿Qué miércoles está pasando?

Isadora miró a Luca a los ojos y reconoció en ellos el miedo de quien acaba de abrir la puerta del desconocido de sí mismo. La misma puerta que un día sus raros sueños también le abrieron.

– Vaya a saber si es el abismo acercándose.

– Para de hablar en eso, Isadora. No me está gustando, en serio.

– Has sido vos el que preguntó.

– No creo en ese abismo, ya te dije.

– Pero vives hablando de él en tus shows.

– ¿Yo? ¿Vos estás loca?

– Fue la primera música que vos me cantaste, allá en Tibau del Sur, no te recuerdas?

En ese abismo sentí vértigo…  Y la angustia no se deshizo…

– Recuerdo. Pero vamos a cambiar de tema.

Estaba nervioso. Aquellas cosas lo hacían sentir un juguete en manos de lo que no conocía, sin cualquier control sobre la situación. Isadora, de cierta forma, también lo hacía sentirse así. Al mismo tiempo que no resistía a estar con ella, sabía que bastaba su presencia para que de repente le faltara el poder sobre sus propias certidumbres. Y eso era realmente aterrador.

Después del café, fueron hasta la costa y se divirtieron bastante en un paseo en buggy por las playas. Después, en una  tiendita en la rambla, se deleitaron con caipiriñas y calamar frito. Volvieron a la tienda levemente embriagados y dispuestos a darse una siesta, pero en seguida constataron que la noche anterior no había sido suficiente para sanar la nostalgia, y así el atardecer fue escenario para otra vuelta de sexo intenso.

De noche, al lado del volkswagen, mientras se despedían, Luca sintió el corazón apretado. Él volvería para Fortaleza al paso que Isadora seguiría su viaje por las playas de Ceará. En ese momento la posibilidad de nunca más verla penetró como un puñal en su pecho y el dolor se agitó por todo su ser. Tomó rápidamente un papel, escribió su teléfono y dirección y se lo entregó a ella.

– ¿Qué tal pasar el fin de semana en Fortaleza conmigo? Mi cama tiene bastante espacio.

– ¿Luca de Luz Neón me está invitando a probar su mundo?

– Estoy. El viernes vamos a hacer un show bien bueno. Y el sábado va a haber una fiesta imperdible.

– A tus aficionadas no les va a gustar verme con vos.

– Pero a mí sí.

Luca paró por un instante. La lucecita roja de alerta… ¿Qué estaba haciendo? ¡Aquello era casi un pedido de noviazgo! Por algunos momentos sus actos y sus palabras simplemente habían adquirido voluntad propia.

– No sé, Luca… Creo que éste viaje no combina mucho con la ciudad grande.

Sí, quizás sería mejor que ella no fuese, Luca pensó, sin saber lo que realmente deseaba.

Adentro del coche, un poco antes de desaparecer en la curva, él hizo un ademán mirando por el retrovisor y la vio a Isadora saludando también. Y de repente fue como si ella repitiera un gesto muy antiguo, hecho hacía mucho tiempo, un ademán triste que le cortaba el alma. ¿Cuándo se habían despedido así?

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CAPÍTULO 5

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– ¡Camerino con aire acondicionado! – exclamó Ranieri. – ¡Whisky doce años! ¡La banda evolucionó, loco!

– Es que el dueño de ésta casa es mi alumno en la academia – explicó Sonita. – Y tú, Luca, eres el único que no está yendo a hacer gimnasia, ¿sabes?

– El lunes empiezo. Lo prometo.

Estaban todos muy entusiasmados aquel viernes. La casa nocturna Karvalledo estaba repleta y ellos harían la apertura del show principal, de la Basado en Blues. Era el caché más alto de la historia de la banda.

A las once la Bluz Neón subió al tablado y la luz verde bajó sobre Luca, haciéndolo sobresalir al frente de los demás. Él tomó un trago de whisky, dio las buenas noches, dijo cualquier cosa sobre abismos y el show empezó. El repertorio estaba bien ensayado y la banda colocó la platea a bailar bastante. Después del Ombligo Blues, cuando en el tablado casi no cupo todo el grupo de muchachas que había subido de ombligo de afuera, ellos salieron bastante aplaudidos y del camerino escucharon los insistentes pedidos de bis. Entonces volvieron, tomaron sus lugares y empezaron a tocar otra vez.

Luca fue el último en volver. Reapareció vestido con una túnica oscura con capucha, al estilo de los monjes medievales. Caminó lentamente, se situó en el centro del tablado, abrió los brazos en cruz y miró al público, sin distinguir las caras en la muchedumbre. En ese momento las luces de los reflectores relampaguearon sobre sus ojos y él sintió un vértigo liviano, otra vez aquella sensación de resbalar hacia un sueño, la realidad perdiendo fuerza… Un escalofrío le recorrió la espalda y la vista quedó turbia. Mientras el humo de hielo seco involucraba su cuerpo, él se afirmó en el pedestal del micrófono para no caerse y respiró hondo algunas veces hasta que el malestar pasara, mientras la banda seguía la música sin él. Y terminó el show recitando la parte final de la letra:

Son tantas estaciones
Yo oigo campanas en las esquinas
Y les sonrío a las chicas
En sus escotes-perdición
Yo le erro la mano y me pierdo a media luz
Yo soy el tren que me conduce
A mi propia salvación

En el camerino, después del show, la botella de whisky rodaba de mano en mano, todos festejando el buen show. Luca se disculpó por el malestar al fin de la presentación, pero Junior lo calmó, diciendo que nadie se había dado cuenta de nada, que la ventaja de ser un cantante performático como él era que aún morirse en el tablado terminaba pareciendo formar parte del guión.

Entonces la puerta del camerino se abrió y Sonita entró.  Llevaba puesta una minifalda negra de cuero y calzaba sus botas negras. Ella se sonrió hacia Luca y él inmediatamente entendió lo que ella quería, aquella mirada de cazadora del submundo que él conocía tan bien…

– ¿Ésta vez no me vas a cambiar por una laguna, no? – Sonita preguntó, acercándose a él de una forma insinuadora.

Luca recordó a Isadora y se sintió de nuevo en una encrucijada. Aquellas malditas decisiones… Isadora podría muy bien haber aceptado su invitación para pasar el fin de semana con él.

– No – respondió Luca, abrazando a Sonita y besándola.  – Hoy no hay laguna, bebé.

Vieron el show de la atracción principal todos juntos en una mesa, festejando la nueva etapa de la banda y el enorme  éxito que los esperaba. Sonita mandó traer otra botella de whisky y después otra más. Antes del fin del show ella se levantó y tironeó a Luca por el brazo. Él todavía no quería irse, pero ella insistió.

– Sí, vas, Gran Tigre. Vos ya te pasaste de la raya.

– Calma, jefa, vamos a terminar esta botella. ¿Adónde está tu vaso?

– ¿Estás viendo cómo es tu amigo, no, Junior? Toma demasiado y después no aguanta la onda…

– ¿Pero, Sonita, adónde ya se vio irse a casa a las tres de la mañana? Si quieres, puedes irte. Yo me quedaré con mis nobles compañeros de lucha.

– Yo soy tu entrenadora personal, Luca. Tengo que cuidarte.

– Entrenadora personal, y no cuidadora de niños. ¿Has entendido?

Sonita resolvió intentar otra estrategia. Se sentó al lado de Luca y metió la mano abajo de la mesa, acariciándolo entre las piernas. Pero él retiró su mano. En ese instante surgió una muchacha pidiendo para sacarse una foto con él. Luca se levantó, la abrazó y se sacó la foto. Después la chica agradeció dándole un beso en la boca y salió muy contenta. Sonita no se aguantó:

– ¿Ya has pensado qué pasará en el momento que esas aficionadas descubran la verdad, Luca?

– ¿Qué verdad?

– Que al cantor de la Bluz Neón le gusta más el whisky que las mujeres.

Luca la miró serio.

– Ah, Sonia… Es una pena que tu dinero no pueda comprar nivel – él dijo, con mucha calma. Y se sentó de nuevo, volviendo la mirada al show, mientras Junior y Ranieri contenían la risa.

– Ah, entonces querés nivel. ¿Ese sirve?

En un gesto rápido, Sonita estiró el brazo y vació un vaso entero de whisky sobre el pecho de Luca, el líquido ensopando la camisa, piedras de hielo para todos lados.

– ¡Y vos estás despedido! ¡Busca otra banda! – ella completó, levantándose y abriendo camino entre las mesas.

– Mucha calma en ese momento, ciudadano… – dijo, Junior, que todavía no podía creer en lo que había pasado. – Dejen que yo voy atrás de ella, quédense ahí viendo el show.

Luca se sacó una piedra de hielo de adentro de la camisa ensopada de whisky y la llevó a la boca.

– Pensándolo bien… estoy cansado de esa vida de estrella del rock. Creo que me voy a pasar un rato en París.

– Calma, Luca, mañana ella lo va a reconsiderar.

– ¿Adónde está la mina de la foto, alguien la vio?

*     *     *

Cuando Isadora llegó eran las once y la casa nocturna Karvalledo ya estaba repleta, pero ella consiguió un lugar razonable para ver el show que empezaba.

Había aceptado la invitación de Luca para pasar el fin de semana en Fortaleza porque concluyó que, si quisiera conocerlo y entenderlo mejor, necesitaba de alguna forma probar su mundo. Sí, ella sabía que el mundo de Luca era una fiesta sin fin, un mundo caleidoscopico que podía confundirla, sí, pero podía ser una buena oportunidad para ejercitar su intuición de taoísta, su capacidad de armonizarse con los sutiles movimientos de la vida. Y podía también ser una oportunidad excelente de conocerse mejor a ella misma, explorando aquello que aún no sabía de sí, aventurándose por las posibilidades de su ser. Explorar… aventurarse… Esas cosas involucraban riesgos, ella sabía, siempre los involucraban. Pero estaba dispuesta a arriesgarse. Por ella, por Luca, por el amor. ¿Por qué no?

A las once la Bluz Neón subió al tablado de la casa  Karvalledo. Al verlo a Luca, Isadora sintió una emoción rara, se sintió enorgullecida de él. Allá estaba el hombre que amaba, en el centro del tablado, vaso en la mano, probando el micrófono. Bajo el halo de luz verde él tomó un trago, dio las buenas noches a todos y dijo:

– La insania es un abismo irresistible. Y tiene ojos color de miel.

– ¿Qué quiso decir? – preguntó una muchacha al lado, intrigada. Isadora se sonrió y respondió:

– Que él me ama.

El show empezó y ella rápidamente entró en el ritmo del rock y del blues. Las músicas estaban bien ensayadas y la platea parecía bastante entusiasmada. A ella le gustó todo, y le gustó especialmente Luca: él era un poco descoyuntado, pero cantaba bien, tenía buena presencia en escena y sabía enganchar al público.

Fue al fin, cuando la banda volvía para el bis, que ocurrió. Isadora vio cuando Luca, vestido como un monje medieval, se protegió los ojos de las luces y miró hacia la platea como si buscara a alguien en la turba. ¿Sería ella? Después volvió al micrófono, y mientras la banda tocaba él acompañaba la música con suaves movimientos de cabeza… Fue en ese momento. Las cosas empezaron a perder la forma, lentamente, y ella dejó de escuchar la música. Entonces se vio sola, ya no habían personas a su alrededor. En el instante a continuación, el humo del hielo seco se había transformado en niebla y el tablado a su frente era ahora… la cubierta de un navío. Y el navío subía y bajaba, levemente… ondulando bien adelante de sí… ondulando… ondulando…

Era una mañana de niebla en Barcelona y los vientos soplaban favorables. A su frente las velas del navío estaban abiertas y, en seguida abajo, inmóvil en la cubierta, él la miraba. Ella usaba un vestido con una manta por encima y el viento sacudía sus cabellos. Sentía un aprieto en el pecho, la boca seca… La boca que él había besado hacía poco. ¿Por qué necesitaban separarse una vez más? ¿Por qué esperar aún más tiempo? ¿Por qué?

Del navío él saludó, la otra mano afirmando el borde, y su ademán la hizo recordar, súbitamente, que en alguna época, en algún tiempo muy lejano, él había hecho exactamente aquello, la misma mano saludando en despedida, el mismo ademán triste. ¿Cuándo se habían despedido así?

El navío empezó a alejarse y ella tuvo ganas de correr y gritar que él la llevara también, que no la dejara sola. Pero se contuvo, aguantando el ansia en el pecho. Sí, el le había asegurado que todo correría bien y que en seguida volvería para buscarla, sí, y entonces se escaparían a Brasil, para vivir libremente aquel amor que aún tenían que esconder bajo mentiras. Pero ella no se conformaba. ¿Por qué no ahora? ¿Por qué él no dejaba a un lado de una buena vez la Compañía y se quedaba ahora mismo con ella?

Por un segundo avistó la posibilidad de estar perdiéndolo para siempre y una angustia terrible laceró su alma, como un relámpago que rompe el cielo. Una lágrima resbaló hasta su boca. La boca que él había besado hacía algunos minutos…

Él la había hecho probar la magia y la había iniciado en los misterios. Con él viajó por mundos maravillosos a través de los sueños, y él le enseñó a ser fuerte y a enfrentar las dificultades con valentía… Pero ahora todo lo que ella tenía adentro de sí era un enorme y dolorido vacío. Porque la vida simplemente no tenía sentido sin él. Estaría equivocada en amarlo así tan… tan locamente?

El navío se alejó. Su imagen en la cubierta, bella y melancólica entre la niebla, se sostuvo en su mente. ¿Hacia adónde realmente lo llevarían aquellos vientos? ¿Y ella, cuántos mares de incertidumbres aún tendría que cruzar por aquel amor? ¿Cuántos peligros, cuántas despedidas? ¿Cuántas vidas, mi corazón, cuántas vidas?…

Entonces el navío desapareció. Desaparecieron el muelle de piedras en línea y los empleados atareados. Los vientos cesaron, la niebla volvió a ser humo de hielo seco e Isadora dio por sí a tiempo de ver a Luca terminar su performance, en un tablado que aún ondulaba…

Ella estaba pasmada. El último encuentro, la despedida… ¡Finalmente había recordado!

Aún sintiendo el olor del mar, salió rápidamente y siguió hacia el jardín de la casa nocturna. Era una noche fresca y un resto de luna cruzaba el cielo. Mirando a las estrellas, un escalofrío le recorrió el cuerpo y por primera vez el pensamiento tomó la forma exacta en su mente: él se había escapado. No quedaban más dudas. Enrique se había escapado. Ahora estaba todo explicado.

Había ido a Fortaleza para conocer mejor el mundo de Luca y había terminado descubriendo allí, en una casa nocturna, la verdad sobre Enrique. Una verdad obvia, pero que ni ella ni Catarina nunca habían admitido.

*     *     *

Por todos los lados se extendía un desierto como una inmensa sábana ondulada de arena. ¿Hacía cuánto tiempo que él caminaba? ¿Días? ¿Años? Las piernas aflojaban y la vista se ponía turbia, impotente frente a la claridad tiránica. Un sol abrasador le tostaba la piel en carne viva… Y un dolor de cabeza que de un segundo a otro explotaría su cerebro en mil pedazos… Pero lo peor de todo era la sed. Una sed absurda le dilaceraba la garganta sin piedad. Un trago de agua, apenas un trago, un pequeño trago y él se moriría satisfecho y feliz. Y en algún lugar de aquel desierto un teléfono sonando, sonando… En algún lugar, entre aquellos médanos sin fin, un maldito teléfono insistiendo en sonar y sonar…

– Hola…

El cuerpo estirado sobre la sábana de arena, el brazo para afuera de la cama.

– ¡Hola! ¡Hola!

Pero no era el teléfono que sonaba, era el interfónico, allá en la cocina… Tendría que arrastrarse hasta allá, al otro lado del desierto sin fin.

Era el portero, buenos días, don Luca, avisando que había una muchacha que se llamaba Isadora queriendo hablar con él, ¿podía dejarla subir?

Luca pidió un momentito y agarró una botella de agua en la heladera. Una resaca horrorosa le secaba el alma. Miró el reloj: dos de la tarde. Llamó por Sonita. La llamó de nuevo. Pero ella no respondió, ¿se habría ido? Yo abro los ojos, ¿adónde estás vos?… Amaneció y no me di cuenta…

Caminó despacio, con cuidado para que el cerebro no se despedazara. Buscó en el cuarto, en el baño. Ninguna señal de Sonita. Entonces recordó que ella había dormido allí, sí, pero dos noches antes. Que relajo. Estaba perdiendo la noción del tiempo.

Volvió al interfónico y le dijo al portero que todo bien, podía dejar que la muchacha subiera. Luego de hacerlo, recogió un calzoncillo de arriba del televisor y puso una música para tocar, Isadora merecía un ambiente mejorcito. Dejó la puerta del living abierta y fue para el baño bajo el sonido de sus sesos sacudiéndose. En el espejo partido del baño el horrendo monstruo del desierto lo observaba, con los cabellos en revoltijo y los ojos saltados. Prendió la ducha y el agua helada sacudió su cuerpo mientras en el living Blues Etílicos tocaba El Sol También me Levanta.

– ¿Luca de Luz Neón?

– ¡Puedes entrar! – él gritó bajo la ducha.

Isadora entró y cerró la puerta. Puso la mochila sobre el sillón, miró la guitarra en un rincón, un cartel de B. B. King, otro de Janis Joplin, fotos de shows de la Bluz Neón. Fue a la ventana y miró el paisaje del octavo piso, la soledad apretada entre el cemento, los edificios asfixiando los sueños de crecer…

– Hola, Isadora.

– ¡Hola! – Ella recordó que era la segunda vez que lo despertaba. Él estaba con una cara no muy buena, pero le gustaba verlo así, empezando el día. – Espero no estar obstruyendo alguna cosa importante…

– No, no. Yo estoy solo.

– Me parece que quedas bastante bien así, solamente de toalla…

– Que bueno que has aceptado mi invitación. ¿Te quedas hasta cuándo?

‒ Mañana de tarde sigo hacia la playa de Lagunita, ya compré el pasaje.

‒ Pucha, tan poco tiempo… Deberías haber venido ayer.

– En realidad llegué ayer. Dormí en un hotel.

– ¿Hotel? Pero… ¿Y por qué has ido a nuestro show?

– He ido.

– ¿Vos estabas allá? ¿En la Karvalledo?

– Sí.

– Pero…

– Me encantó la banda. Y vos sos bárbaro, me sorprendiste.

– ¿Por qué has ido a hablar conmigo después del show? – él preguntó. Y en seguida se arrepintió, recordándose de Sonita. Ella seguramente la había visto con él.

– Me pareció mejor no.

¿Y ahora? ¿Debería o no preguntar la causa?

– ¿No quieres saber el porqué?

– Creo que ya sé, Isadora.

– ¿De verdad lo sabes?

– Mira, déjame aclarar una cosa. Mi historia con Sonita no es nada serio.

– ¿Quien es Sonita?

– Nuestra entrenadora personal, que estaba conmigo en la mesa. Ella y yo…

– No vi nada. Me fui ni bien terminó el show.

– ¿Ah, sí?…

Él tuvo ganas de meterse la cara en el piso. Que mierda. Había acabado de confesar, espontáneamente, que tenía una historia con la entrenadora personal de la banda.

– ¿Hay agua? – ella preguntó. – Hace calor.

– Hay, claro.

Él fue a la cocina y le trajo un vaso de agua. Se sentaron en el sillón en silencio. Pero que mierda, él pensó, sin conformarse con lo que había hecho. Se sentía culpable. Pero no tenía que sentirse así, pues no había cualquier compromiso entre Isadora y él. Sí, eso era verdad, no tenían compromiso, pero aún así se sentía muy mal. Era como si la hubiera traicionado. Pero no había habido traición, evidente, al fin ella no era su novia. Pero por otra parte…

De repente se dio cuenta de que sus pensamientos estaban al mismo tiempo culpándose y absolviéndose, dividiéndolo al medio. Que mierda. Era ella, Isadora, que lo dejaba neurótico. No, no era ella, evidente, era él, él mismo era el que estaba creando fantasmas en aquella relación. Era él el que se precipitaba y construía trampas para sí mismo.

– Luca, ¿qué sentiste durante aquel último número?

– Yo no recuerdo muy bien esa parte.

– ¿Cómo no? Vos parecías tan concentrado.

– Ya estaba bien loco.

– No fui a hablar contigo después del show porque… pasó una cosa mientras te veía cantando.

Entonces ella le contó. Le contó del muelle, del navío y de Enrique saludando desde el borde, que él se estaba yendo y que ella sentía que lo perdía para siempre. Y mientras hablaba, casi podía sentir las mismas sensaciones de la noche anterior.

– Me acordé de nuevo de aquella vida, Luca.

Él suspiró. De nuevo aquél tema engorroso.

– Y ésta vez no fue sueño. Yo estaba despierta, en el medio de un montón de gente. Y fue a través de vos, de tu energía.

– Es que yo había tomado dos bebidas energéticas…

– Estoy hablando en serio, Luca. Fue una escena muy fuerte, más fuerte que todas las que recordé.

– Ahora vamos a cobrar un caché más caro: ¡vea el show de la Blues Neón. y recuerde sus vidas pasadas!

Él vio sus ojos mojados y se arrepintió de las bromas.

– Yo aún no me había acordado de esa parte de la vida de Catarina. Vos estabas al borde del navío, dándome adiós. El plan era que vos volverías para buscarme. Pero vos no volviste nunca más…

– Eso ya me lo habías contado, Isadora. ¿Cuál es la novedad?

– Después yo salí al jardín y me quedé pensando en Catarina, en cuan fuerte ella tuvo que ser para enfrentarse a toda aquella soledad, la corazonada horrible de que no encontraría más al gran amor de su vida… Yo sentí de nuevo el mismo dolor, Luca, todo de nuevo. Fue solo por unos instantes, pero mientras ocurría era… era para siempre. Y pensar que todo podría haber sido distinto, tanto sufrimiento evitado… Bastaba que nosotros hubiésemos quedado juntos.

– Pero no era posible. Un imprevisto cambió los planes, ¿no fue así? – él preguntó, tratando de ser lo más comprensivo que podía. Y se dio cuenta de lo ridículo de la cosa: hablaba como si todo aquello hubiera realmente ocurrido.

– No hubo ningún imprevisto. Ayer supe eso.

– ¿Qué pasó entonces?

– Vos huiste.

– ¿Yo huí?

– Sí.

– ¿Es más, él huyó?

– Sí.

– Pero… ¿por qué? ¿Él no te amaba? ¿Quiero decir, no amaba a Catarina?

Ella no respondió. Apenas lo miró a él, devolviéndole la pregunta.

– Todo bien, Isadora, Enrique huyó. Aquel farsante. Pero ahora olvida esa historia, eso es pasado.

– ¿Vos me quieres, Luca?

– ¿Yo?

– Sí, vos.

– Claro que te quiero. ¿Pero por qué esa pregunta ahora?

– ¿Mucho o poco?

– Tal vez más de lo que debería.

– ¿Cómo así?

– Es que a veces vos me destrozas las certidumbres.

– Entonces deja a un lado las certidumbres y ven conmigo.

– ¿Para adónde?

– A viajar por ahí.

– ¿Por ahí?

– Sí. Después vuelves.

– Sería bárbaro. Pero no tengo guita para eso.

– Lo que yo tengo da para nosotros dos.

– Está bien, puede ser. Pero solo puedo pedir libre a fin de año.

– No, tiene que ser ahora. Ven.

– ¡Yo no puedo abandonar mis cosas así, Isadora! – él casi gritó. – Perdón. Es que me sacas de quicio.

– ¿Qué cosas vos no puedes abandonar?

– El trabajo, la banda, todo.

– ¿Por qué no?

Luca la miró atentamente. Ella parecía hablar en serio. Pero no, era imposible que estuviera hablando en serio.

– Porque esas cosas son mis seguridades. ¿Entendiste o quieres que haga un dibujo?

– Yo lo abandoné todo hace cuatro siglos. Y lo abandoné otra vez ahora. Por nosotros dos.

– Ahí viene esa charla otra vez… Si no fuera por esos tus sueños desquiciados, nosotros podríamos entendernos muy bien.

– Si no fuese por mis sueños locos, nosotros no nos habríamos reencontrado.

Luca meneó la cabeza, furioso. Era inútil charlar cuando ella hablaba de vidas pasadas. Se levantó del sillón y fue hasta la ventana a respirar un poco, a calmarse. Si hubiese mirado hacia atrás, vería que Isadora lloraba en silencio. Pero él no vio. Ni vio tampoco que después ella se secó la cara y, respirando hondo, confirmó para sí misma, resignada, lo que hasta entonces había evitado aceptar, por creer que no sería necesario tomar la más difícil de las decisiones. Pero él no vio nada de eso.

– ¿Estás con hambre? – Luca preguntó, volviendo de la ventana.

– Sí.

– Entonces vamos a almorzar, son casi las tres. Te voy a llevar a un lugar que me encanta. Y de noche vamos a una fiesta erótica. ¿Qué tal?

– Hummm… Eso parece bueno.

– Bienvenida al fabuloso mundo de Luca ‒ él dijo, haciendo un galanteo con su sombrero imaginario.

El restaurante era el Cuchara de Madera, adonde dejaba cuentas por pagar. Allá trabajaba Pereira, su mozo predilecto, Pereira y su simplicidad y franqueza del interior, su experiencia de vida, y principalmente sus opiniones geniales con relación a todos los temas, en especial sobre las mujeres que Luca llevaba hasta allá. Él sabría decir si aquel romance tenía o no futuro. Pereira, el oráculo.

Poco tiempo después entraban en el restaurante. Eligieron una mesa y Luca presentó al amigo mozo:

– Éste es Pereira, mi viejo consejero. Ésta es Isadora.

– Mucho gusto – dijo el mozo, sirviendo la cerveza.

– Don Pereira, usted cree en vidas pasadas? – preguntó Isadora, para total sorpresa de Luca.

– Mire, muchacha, yo no entiendo de esas cosas. ¿Por qué?

– Porque yo y éste muchacho habíamos vivido juntos hace cuatrocientos años y ahora él me dice con descuido que no se acuerda de mí.

Luca se reía, sin creer que aquello estaba ocurriendo.

– Si usted era tan bonita como es hoy, es un descuido realmente.

– ¿A usted le parece que es un caso perdido?

– Creo que no, señora. Porque hace tiempo que no lo veo mirar así a una mujer, ¿sabe?

– ¿Entonces a usted le parece que puedo tener esperanza?

– ¿De que él se acuerde de usted? Ahí ya me parece difícil. Ese muchacho se olvida de lo que tomó hace media hora.

– ¿Eso es verdad, Luca?

– Solamente me olvido cuando no tengo plata para pagar la cuenta – respondió Luca, riéndose.

Luego de pedir el almuerzo, Isadora salió para ir al baño y Luca aprovechó para preguntar:

– ¿Y entonces?

– Creo que sus días de soltero se acabaron, muchacho.

– Hable en serio, Pereira.

– Por así decir, esa ahí ya lo enganchó.

Luca llenó el vaso de cerveza, tomó y pidió otra. En el aparato de música Lily Alcalay cantaba Mar y Sol. Esa ahí ya lo enganchó… No estaba seguro si aquello era lo que le gustaría haber escuchado. O si era justamente lo que de hecho no deseaba escuchar.

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CAPÍTULO 6

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Después del almuerzo, Luca e Isadora volvieron al departamento. Tenían poco tiempo, pues en seguida tendrían que salir de nuevo, ¿pero cómo resistir a una ducha en pareja? Así, apoyándose en la pared de la casa de baño, ellos se entregaron otra vez a la fuerza del deseo impostergable, mezclado al sonido del agua de la ducha la melodía frenética de los dos cuerpos ardiendo en pasión, agua y fuego en armonía.

No fue suficiente para sanar todas las ganas, es verdad, pero no podían realmente demorarse. Entonces en seguida estaban dejando el departamento. Pasaron por la casa de Junior Rível para buscarlo y rumbearon hacia el Cabaret Society, la fiesta que todos los años ocurría en una gran casa coqueta del centro de la ciudad. El tema de la fiesta era sensualidad y erotismo, y el ambiente recordaba los antiguos cabarets, con luces rojas, cortinas transparentes y músicas al estilo. Las personas se vestían de forma sensual, explorando los fetiches y las fantasías, y subían al tablado para hacer performances teatrales y chistosas.

En el recorrido hacia el lugar, Luca y Junior, que ya conocían la fiesta, comentaban hechos divertidos de las ediciones anteriores. Isadora escuchaba, curiosa y excitada por vivenciar el mundo de Luca. Y luego a la entrada de la fiesta ella quedó bastante impresionada:

– ¡Uau! ¡Las mujeres realmente entran en la onda! – ella comentó con Junior mientras observaba a un grupo de chicas vestidas como prostitutas fatales.

– Esas están bastante comedidas. Hay algunas que vienen solo de camisón.

Luca notó discretamente a una de las mozas que trabajaban en la fiesta, una rubiecita bonita que estaba vestida como colegiala. Y lamentó no estar solitario aquella noche.

– Pucha, estoy sintiéndome una santa con esta ropa – Isadora lamentó, insatisfecha con el conjunto de pollera y camisa que usaba. Y preguntó a la moza, que les entregaba las comandas de pedidos: – ¿Por casualidad no te sobró una ropa de colegiala como esa que estás usando?

– Desafortunadamente no. Pero vos estás hermosa. Necesitas solamente un ajuste en la ropa.

– ¿Adónde?

– Ven, vamos a mejorar ese aspecto.

La moza dio vuelta a Isadora de frente hacia ella y le abrió dos botones de la camisa, dejándole los senos más a la muestra.

– ¡Ahora sí! – La moza se rió, observando el resultado de su intervención, y susurró al oído de Isadora: – Unos pechos así no deben quedar escondidos. Principalmente en el Cabaret Society.

Isadora se rio de la espontaneidad de la muchacha. Sintió simpatía por ella.

– Tienes razón, gracias. ¿Pero y mi comanda, adónde está?

– Ah, sí, faltó la tuya. Ven conmigo a agarrar una – dijo la moza, tironeando a Isadora por la mano y saliendo con ella rumbo a la barra.

Junior aprovechó y lo picaneó a Luca:

– Eh, ciudadano, noticia de última hora: Sonita pidió el despido de la banda.

– Bárbaro.

– Bárbaro nada. Éramos la única banda de blues del planeta con una entrenadora personal.

– Ojalá que ella no aparezca por acá. Sin querer le conté a Isadora sobre nosotros.

– Creo que te está gustando esa muchacha.

– Tienes razón. Estoy jodido, Junior. Apasionadamente jodido.

– Eso resulta un blues.

– Tantas mujeres y yo invento de querer una que vive a tres mil kilómetros de distancia.

– Mejor así que no te satura.

– Sí. Pero yo no iba a aguantar de nostalgia.

– Llámala para vivir acá.

– No resultaría bien, ella es demasiado loca.

– ¿Entonces qué quieres?

Luca pensó un poco.

– No sé.

– Con permiso, Junior Rível – dijo Isadora, llegando de vuelta. – Voy a raptar a tu amigo para bailar ese bolero.

– Y yo me voy a confesar con aquella monja allí. Hoy estoy lleno de pecado.

– Ven – ella dijo, tironeando a Luca por la mano.

En la pista de danza, ellos juntaron los cuerpos y empezaron a bailar, mano con mano, cara con cara.

– Vamos a aprovechar bien esta noche, Luca. Es nuestra despedida.

– Claro que no. Vos puedes venir a Fortaleza cuando quieras.

– Vos sabes que es.

– O yo puedo ir a encontrarte por las playas…

– Ya hablamos sobre eso. No vamos a poner a perder la noche.

– Yo sé, pero… ‒ ¿Pero qué?, él pensó. No había pero, ni tal vez, ni quien sabe. Isadora tenía razón, y él sabía bien que así era. Todo lo que había allí era la certeza de un gran amor sin futuro, y él debía conformarse de una buena vez.

‒ Todo bien, no vamos a echar a perder la noche.

– Hoy yo quiero tu mundo, ¿has escuchado? Con todas sus locuras.

– Vos eres loca realmente.

– Y, no importa lo que pase, nosotros estaremos juntos. ¿De acuerdo?

– De acuerdo ‒ él respondió, riéndose de sus modos autoritarios.

Isadora se sonrió y lo besó, apretándolo fuerte en sus brazos. Después pegó los labios en su oreja para cantar junto con la música: Lo que valen son tus brazos cuando de noche me abrazan…

Terminado el bolero, Luca fue al baño y a la vuelta simuló un encontronazo con la moza vestida de colegiala.

– Perdón.

– No fue nada – ella dijo, equilibrando los vasos en la bandeja.

– ¿Cómo te llamas?

– Bebel, la colegiala zarpada a su disposición…

– Uau… No me digas eso hoy que yo soy un hombre casado.

– Que pena…

Durante un tiempo ellos se miraron en silencio, sonriéndose, sus cuerpos casi pegados uno al otro, y el movimiento de las personas alrededor parecía un remolino… Luca aún podía escuchar el eco de aquel “que pena” en su mente. Ella seguía sonriéndose… Fue necesario un enorme esfuerzo, pero él consiguió controlarse.

– Bien… Yo soy Luca, un gusto.

– Yo sé. Ya he visto un show de la Bluz Neón. en el Papalegua.

– ¿En serio?

– ¡Me pareció excelente! Vos sos muy bueno, Luca.

– Así me quedo avergonzado.

– Es más, ustedes dos son muy buenos.

– ¿Quién?

– Vos y tu novia. Ella está divina.

– Ah. En realidad… no sé si somos novios.

– Si no son, deberían ser.

Luca se rio. Primero Pereira, ahora Bebel. ¿Estaban todos queriendo casarlo?

– Ahora has quedado realmente avergonzado – ella bromeó, apretando su mejilla. – Perdón.

– Solo te perdono cuando me traigas dos whiskys – él dijo, entregándole la comanda.

– Dos whiskys especiales, para que me perdones un poco más, ¿está bien?

Ella apuntó el pedido y salió, dejándolo a Luca con una cara de bobo, riéndose de la situación. Él se dio vuelta, buscando por Isadora, y la encontró poco más adelante, apreciando los textos eróticos en la pantalla grande.

– Luca, ¿vos ya has visto los poemas que están pasando en la pantalla? ¡Son preciosos!

– Hay uno ahí que es el más precioso de todos.

– ¿Cuál?

– Espera que debe ser el próximo.

Luego de unos instantes el poema siguiente empezó a formarse en la pantalla. El título vino antes: Poemas de saliva. Después la autoría: Luca.

– ¡Uau, es tuyo! ¡Qué bueno!

Isadora miró de vuelta hacia la pantalla. Y leyó: Para Isadora. Y en seguida el poema surgió en la pantalla, verso tras verso:

Resbalo poemas de saliva
En el bosquejo de tu piel
Sílabas mojadas
Rimas sensoriales
El sentido más profundo de mi verso
Habla la lengua de tus gestos
En convulsiones gramaticales

Poemas depravados en tu piel de pecado
Poemas de navaja en tu cuerpo sin perdón
La figura de lenguaje del deseo
Habla la lengua de mi beso
Sin traducción

– No sé qué decir… – ella murmuró emocionada, aún mirando hacia la pantalla.

Él la tomó por las caderas y la besó. Y durante un tiempo sus cuerpos unidos tuvieron como plan de fondo la imagen del poema en la gran pantalla.

– Dos whiskys para la pareja más interesante de la fiesta – Bebel dijo después que los dos terminaron el beso.

– ¡Caramba! – exclamó Luca, mientras cogía los vasos en la bandeja. – ¿Hace tiempo que estás ahí?

– Y quedaría el tiempo que fuera necesario. Fue tan romántico…

– Entonces este brindis es por vos, Bebel, la colegiala más hermosa de la fiesta – dijo Isadora, levantando el vaso y dándose cuenta en seguida de la absoluta sinceridad de su frase. Sí, ella admitía, le había gustado aquella chica desde el principio, incluso más de lo que se imaginaría capaz.

– Gracias – Bebel respondió. – Ahora con permiso que yo tengo que ir al baño.

Mientras la moza se alejaba, Isadora recordó que en su vida nunca antes había deseado sexualmente a una mujer. ¿Sería eso lo que estaba ocurriendo? ¿Y si fuera realmente, qué debería hacer? Bien, Bebel era una mina hermosa, delicada, y parecía también tener gusto por ella. Por ella y por Luca. Y estaban en una fiesta erótica, ¿no era así? Y, además de todo eso, ¿ella no deseaba probar el mundo de Luca, con todas sus… insanias? Entonces… ¿por qué no?

– Voy también – dijo Isadora de repente. Y, para sorpresa de Luca, volcó de un trago el whisky y le entregó el vaso vacío.

Luca se recostó en la barra y observó a las dos siguiendo rumbo al baño. En la pantalla pasaban escenas de otras ediciones de la fiesta y él se entretuvo un poco con las imágenes. Pero en seguida miró el reloj, impaciente, ¿por qué Isadora tardaba tanto? Quince minutos después ella apareció, trayendo dos whiskys más.

– Me están gustando los personajes de tu mundo, ¿sabes? Bebel es un dulce de persona.

– ¿Qué diabluras hacías todo ese tiempo en el baño? – preguntó Luca, agarrando uno de los vasos.

– No fue tanto tiempo.

– Claro que fue.

– ¿Qué hacen dos mujeres maravillosas como Bebel y yo en un baño, Luca?

– Exactamente lo que yo pregunté.

– Picholarío.

– ¿Cómo?

– Pichi, lápiz de labio y chusmerío – ella respondió, riéndose, recordando el beso que se habían dado con Bebel en el baño. Y que habían repetido con más intensidad antes de salir, lo que la forzó a arreglarse de nuevo el lápiz de labios.

Luca se sonrió avergonzado. Isadora empezó a bailar adelante de él, entusiasmada. Él notó sus senos expuestos por la camisa medio abierta.

– Vos te has aplicado al escote…

– ¿Es una fiesta erótica, no?

– ¿Pero hacía falta tanto?

– ¿Vos no estás con celos, o sí?

– Claro que no.

– Menos mal. Porque yo y mis pechos estamos amando la fiesta.

Ella se rio de la broma y tomó un trago de whisky. Él se rio una risa falsa.

– ¿Cuántas ya te tomaste, Isadora?

– Yo estoy bien, Luca. Relájate.

– Solo pregunté porque quiero que aproveches bien la fiesta.

– Menos mal que no es para querer controlarme.

– Yo no quiero controlar a nadie.

– Entonces relájate.

– Estoy relajado.

Ella tomó su mano y la puso sobre su seno.

– Nosotros estamos juntos, mi amor.

Él pudo sentir los latidos acelerados del corazón de Isadora. ¿Mi amor? ¿Fue así que ella lo llamó?

– Dame un abrazo, Luca.

Él la abrazó y así se dejó estar, muy junto a ella, enteramente envuelto por la sensación de ya haber vivido aquello antes… Cerró los ojos y trató de recordar cuando había vivido aquella misma situación, pero todo lo que le vino fue la sensación de estar girando, girando… Era como si estuviera en un círculo, girando, siempre pasando por aquél mismo lugar… girando en un círculo, siempre pasando por el mismo punto, siempre…

Abrió los ojos asustado, volviendo a sí. Se sentía levemente mareado. Miró alrededor, certificándose de que seguía allí, en el Cabaret Society. Ella aún estaba abrazada a él, en medio de la personas tomando y bailando. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Algunos segundos? ¿Siglos?

– Ven, vamos a bailar.

– Creo que no.

– Ah, Luca, ven.

– Estoy cansado.

– Entonces voy a bailar con Bebel.

– Ella está trabajando, Isadora.

– Un ratito nada más no va a jorobarla.

Mientras ella salía, Luca se preguntó a sí mismo lo que estaba pasando. Se sentía enojado. ¿Por qué? Quizás porque al día siguiente Isadora se iría de nuevo y eso lo dejaba molesto. No, no era exactamente eso, él sabía. Estaba enamorado, esa era la causa real, y no sabía lidiar bien con el hecho. Incluso estaba sintiendo celos. Aquella pasión por Isadora alteraba el orden de su mundo, le traía sensaciones raras y lo dejaba incómodo e inseguro.

Él se rascó la cicatriz de la cara, pensando. Isadora estaba probando su mundo, un mundo hecho de bares, fiestas y neóns coloridos. Ella parecía querer vivir lo que él vivía, la gran fiesta de la embriaguez, la seducción de la lujuria, los sortilegios de la noche. Y hacía eso de una manera tan simple y natural, no parecía esforzarse… ¿Aquello era ser taoísta? Ella era realmente increíble. ¿Cómo no enamorarse?

Dio vuelta el resto de la dosis y puso el vaso sobre la barra. La fiesta estaba bárbara y al otro día Isadora no estaría más con él. Necesitaba de hecho relajarse.

La música hizo una pausa y el productor de la fiesta subió al tablado.

– Buenas noches. Mi nombre es Ricardo Kelmer y soy el dueño de este cabaret. Espero que estén divirtiéndose. Vamos ahora a empezar el concurso de la Musa del Cabaret. Las candidatas pueden subir aquí y bailar. ¡Música para ellas!

Mientras varias mujeres subían al tablado y eran presentadas al público, Luca buscó alrededor por Isadora. Pero no la vio. Entonces, observando a las candidatas, se asustó: allá estaba Isadora entre ellas. Él simplemente no pudo creer. No, tal vez fuera otra chica, muy parecida, la misma ropa…

No, de hecho era ella. Y bailaba sensualmente, contorciéndose en movimientos insinuadores, la expresión lánguida, los senos casi saltando del escote…

Luca tragó en seco. Isadora en el concurso Musa del Cabaret – ¿cuándo se podría imaginar una cosa así? ¿Y cuándo podría imaginarse que ella… bailaría tan bien? A su lado, un grupo de hombres vibraba, silbando y gritando su nombre, y él sintió otra vez los celos llegando, como un bicho al acecho… Que mierda. Necesitaba urgentemente otro whisky.

Al fin de la música, el público votó en las candidatas y  eligió a la ganadora. Isadora, tchan-tchan-tchan-tchaaannn…, quedó en segundo lugar y, como premio, recibió un crédito en una sex shop y un vino importado. Contenta, ella agradeció los aplausos y antes de bajar del tablado, dedicó el premio:

– Al amor de mis vidas.

Un minuto después Luca la encontró en la barra con Bebel.

– Felicitaciones, Musa del Cabaret.

– ¡Luca! – Ella lo abrazó, radiante de alegría. – ¿Has escuchado la dedicatoria?

– Claro, me encantó. Estuviste bárbara.

– Lo que pueden hacer unos whiskys…

– Pero podrías haberme avisado para que me preparara. Aquellos tipos gritando “Isadora! Isadora!”… Fue horrible.

– ¿Ay, que bueno! ¡Mi Luca con celos de mí!

– Voy a superarlo, voy a superarlo…

– Yo no iba a participar en el concurso. Pero Bebel me convenció.

– Fue una injusticia – dijo Bebel. – Ella merecía ganar.

– El crédito de la sex shop te lo regalo, Bebel.

– ¡Caramba, gracias!

– Pero el vino vendrás a tomarlo con nosotros, por favor.

– Con mucho gusto. Pero solo puedo después de la fiesta.

– Podemos ir para el departamento de Luca, es acá cerca. ¿Verdad, Luca?

Él casi se atragantó, con la sorpresa.

– Él aceptó, Bebel. ¡Vamos a festejar!

Después que Bebel se alejó, Isadora tironeó a Luca por las caderas, abrazándolo de una forma provocadora.

– ¿Qué te pareció ella, eh?

– ¿Ella quién?

– Bebel.

– Bien.

– ¿Así de simple?

– Sí. Parece buena gente.

– ¡Ay, Luca, vos sos bárbaro! – ella dijo, riéndose. – ¿Por qué no admites que te gustó la mina?

– ¿Quien? ¿Yo?

– ¿Me dirás que no?

Él miró serio a Isadora. ¿Adónde quería llegar ella?

– Está bien, me gustó. ¿Y qué?

– A mí también.

– ¿Te gustó cómo?

Él sintió su mano palpándole el sexo sobre los pantalones.

– Me gustó como te gustó a vos.

Él escuchó sorprendido y de repente, la situación era todo un tropel suelto, totalmente sin control…

– ¿A vos no te parece que estás exagerando en esa cosa de probar mi mundo?

– ¿Por qué? ¿Te parece que no lo merezco?

– Isadora, ¿por qué no me dices lo que estás planeando, eh?

– No estoy planeando nada.

– ¿Por casualidad estás usando a Bebel para probarme?

– Claro que no.

– ¿Todo eso tiene algo que ver con la historia de Sonita?

– ¿Cómo así?

– ¿Vos no me perdonaste por ayer, no? Ya te dije que Sonita y yo…

– Relájate, Luca – ella lo interrumpió. – Vos estás viendo fantasmas. Solo invité a Bebel para tomar el vino con nosotros. Porque a mí me gustó ella y sé que a vos también te gustó.

Luca no sabía qué conclusión sacar de todo aquello. Quizás no hubiera sido buena idea invitar a Isadora para que conociera su mundo.

– Nosotros estamos juntos, Luca – ella volvió a decir. – ¿Vos aún no has entendido eso?

Él no respondió. Se quedó pensando, mirándola a Isadora bailar a su frente. Sí, claro que había entendido. ¿O no?

*     *     *

– ¿Te gustó el Cabaret, Isadora? – preguntó Bebel mientras Luca metía la llave en el cerrojo y abría la puerta del departamento.

– Me encantó. Si llego a estar acá en el próximo, voy con liguero y todo, verás.

– ¡Y ganarás el primer premio!

Luca fue a la cocina y volvió con los vasos y el vino abierto. Sirvió y brindaron:

– ¡A la Musa del Cabaret!

Mientras Bebel miraba con Isadora los posters y los carteles de los shows, Luca puso Ellis Mário a tocar y el sonido del saxo rellenó suavemente el ambiente.

– ¿Quieres más vino, Bebel?

– Gracias, Isadora, yo no tomo mucho. En realidad me gustaría darme un baño, me estoy sintiendo inmunda. ¿Puedo?

– Claro.

Isadora la llevó a Bebel hasta el baño, dejándole una toalla y previniéndola de que el espejo partido podría dejarla con un aspecto raro. Cerró la puerta y se sentó en la cama al lado de Luca.

– ¿Vos estás bien? – él preguntó.

– Estoy estupenda. Sos vos el que podría relajarse un poco más. Por vos, por mí… – Ella se sonrió y señaló con los ojos el baño. – Y por ella.

– ¿Vos no tienes celos?

– No necesito tenerte celos, Luca.

– ¿Por qué?

Ella caminó hasta la llave y apagó la luz del cuarto, dejándolo suavemente alumbrado por la luz que venía del living. Después se sacó los calzados y se posicionó arrodillada sobre la cama, de frente hacia él.

– Porque la mujer de tu vida soy yo. Hace cuatrocientos años.

– Yo creo en lo que puedo ver y tocar, Isadora, y no en esas fantasías místicas que…

Ella puso el dedo en su boca, impidiéndole de seguir. Después abrió totalmente los botones de la camisa, mostrándole los senos desnudos.

– Pues entonces cree.

Poco después Bebel salió del baño y, desde el desván de la puerta, envuelta en una toalla, se sonrió y paró por un instante para observar. El cuarto estaba en penumbra pero ella pudo ver bien a los dos cuerpos acostados en la cama, las manos y bocas desplazándose por sus superficies. Entonces dejó caer la toalla y, enteramente desnuda, se acercó de la cama. En ese momento Isadora abrió los ojos y, manteniendo la cara de Luca metida entre sus piernas, extendió el brazo hacia afuera de la cama, tocó la mano de Bebel y la tironeó, como Bebel había hecho con ella hacía algunas horas, a la entrada de la fiesta:

– Ven…

*     *     *

– Buenos días, mi amor – dijo Isadora a la puerta de la cocina, recibiendo a Luca cariñosamente con un abrazo y un beso. – ¿Quieres un café calentito? Acabo de hacerlo.

– ¿Y Bebel? – él preguntó, en medio de un bostezo.

– Ya se ha ido. Te dejó un beso.

Él se sentó a la mesa de la cocina y se sirvió. En seguida la llevaría a Isadora a la estación y ella proseguiría su viaje por la costa. Ya sentía la nostalgia arder en su pecho. Ella podría muy bien interrumpir un poco aquel viaje y quedarse con él algunos días más… O algunas semanas…

‒ ¿Ya te he dicho que me encanta verte así, despertando?

‒ Si quieres ver más, ahora sabes adonde vivo.

Él levantó la mirada para certificarse de la reacción de Isadora a lo que dijera, pero ella apenas se sonrió, mientras mojaba el pan en el café. A él le hubiera encantado escuchar algo como “entonces me quedaré”, pero sabía que aquel tema ya estaba terminado.

– ¿No estás de resaca?

‒ Un poquito. Pero en el autobús voy a darme una buena siesta.

Mirándola a Isadora allí adelante de él, tomando café vestida con una camiseta suya, él tuvo la sensación de que la conocía hacía mucho tiempo. Pero en realidad hacía poco más que dos meses. Se habían visto durante tres días en Tibau del Sur, un fin de semana en la laguna de Uruaú y ahora en Fortaleza. Habían hecho el amor solamente cinco veces, de las cuales una con Bebel. Y era eso nada más. Pero parecía ser más, muchísimo más que eso… Y ahora ella se iría de su vida. No había sentido… ¿Será que lo que estaba sintiendo era… amor?

‒ He sacado un I Ching para vos. ¿Quieres saber cómo fue?

Es muy temprano para misterios, él pensó, tomando el café. Pero dijo que sí.

– Salió el Receptivo ‒ ella dijo, yendo hasta el living y volviendo rápidamente con el libro. ‒ Primer línea con tensión.

– ¿Y eso es bueno o malo?

– Sos vos el que debe interpretarlo. ¿Quieres leer?

No. No quería. Pero leyó. Una vez, dos veces… Después devolvió el libro.

– No entendí nada.

– A veces, en un primer momento, el mensaje parece confundido. ¿Voy a apuntarlo en tu agenda, está bien?

Él se sirvió otra taza de café.

– ¿Y entonces, qué te pareció mi mundo?

– Me encantó.

– Qué bien. ¿Y la última parte?

– Fue maravilloso, Luca. Pero te prefiero a vos solo, para que te concentres más en mí…

– Esa cosa de sexo a tres… ahn… Vos ya habías…

– No. Pero no voy a negar que siempre tuve curiosidad.

– Vos parecías tan a gusto…

– ¡Claro, estaba tan bueno!

Estaba realmente, él pensó. Podría haberse relajado un poco más y olvidar lo que lo afligía, sus celos súbitos, sus sentimientos en torbellino, Isadora yéndose al día siguiente… Pero aún así había sido delicioso hacer el sexo con ella y Bebel.

– Apuesto que para vos no fue ninguna novedad…

– Más o menos – él dijo, recordando la noche con la aficionada pelirroja que había conocido en el Papalegua, aquella cosa horrenda de la hermana melliza muerta…

Ella terminó su taza de café, se secó los labios y se preparó para decir lo que diría. No sería fácil, ella sabía. Pero sabía también que era hora de tomar una decisión.

– Te quiero decir algo importante, Luca.

– ¿Qué pasa?

– Ayer, apenas llegamos, Bebel me llevó para buscar una comanda, te acuerdas?

– Me acuerdo.

– En aquel momento yo sentí que ustedes quedarían juntos.

– ¿Cómo?

– Es eso.

– ¿Entonces ahora, además del pasado, vos también ves el futuro?

– En aquel momento no lo entendí bien, fue una sensación rara. Pero después quedó claro.

– No fui solo yo el que estuvo con ella. Nosotros estuvimos. Y fuiste vos la que invitó a Bebel a que venir hasta acá.

– Sí, la invité porque ella me gustó. Y yo estaba realmente dispuesta a probar tu mundo, tus cosas. Pero no estoy hablando de ayer.

– ¿No?

– Estoy hablando de cuando yo me vaya. Ustedes se quedarán juntos.

– No te estoy entendiendo, Isadora.

– Fue lo que sentí. Y aún lo siento.

– ¿Vos estás loca?

– ¿Y quieres saber? Bebel es una chica muy especial, Luca. Ella puede ayudarte.

Luca hacía un tamborileo con los dedos en la mesa. No le estaban gustando nada los rumbos de aquella conversación.

– ¿Por qué quieres que yo me quede con ella?

– Yo no quiero. Pero vos te quedarás, ¿qué se va a hacer?

– ¡Isadora, eso ya es demasiado desquicio! – él gritó, golpeando la mesa.

– No necesitas ponerte nervioso.

– Yo no estoy nervioso.

– Menos mal.

Él respiró, intentando calmarse.

– Yo no me quedaré con Bebel. Me quedaré con vos.

– Pero yo me estoy yendo.

– Entonces no te vayas.

– ¿Cómo así?

– Quédate conmigo. Ven a vivir aquí.

Él escuchó sus propias palabras y se sorprendió. ¿De hecho era eso? ¿Había acabado de pedirle a ella que viviera con él?

– Realmente me gustaría. Pero no puedo.

– ¿Por qué? ¿Qué te apresa a San Pablo?

– Nada.

– ¿Entonces cuál es la causa?

– La causa es que vos necesitas saltar un abismo, ¿recuerdas?

– Ah, no, de nuevo esa historia…

– Resistí mucho en llegar a esa conclusión, Luca, pero ahora está claro para mí. Si me quedo acá en Fortaleza, vos no saltarás. Seguirás en tu mundo seguro, siempre rodeándote de tus seguridades y cada vez más obsesionado por el control de todo. Como Enrique.

– No, ese no es el problema, Isadora. El problema es que tienes la manía de construir mundos que no existen, sueños, abismos… Has construido un pasado loco y me has puesto en él. Y ahora acabas de construir un futuro para mí y para Bebel. ¿No ves cuánto todo eso es una locura absurda?

– Nunca tuve dudas en cuanto a eso.

– ¿Vos no podrías, por lo menos una vez en la vida, portarte como una persona normal?

– No hago ningún hincapié en ser una persona normal – ella respondió mientras se levantaba de la mesa.

Luca cerró los ojos, intentando, en algún lugar de su ser, organizar las ideas en confusión, los sentimientos contradictorios… Pero no existía ese lugar. Se levantó y siguió a Isadora hasta la habitación, exaltado.

– Si yo no quiero quedarme con Bebel, no me quedaré, y así ese futuro que has visto no se dará. ¿Has entendido? No hay nada programado. Solamente el pasado es cierto.

Solamente el pasado es cierto… Ella recordó una vez más la despedida en el muelle.

– En eso tienes toda la razón, Luca. Lo que hicimos un día, o dejamos de hacer, no puede cambiarse.

Él juzgó notar un punta de amargor en aquellas palabras.

– ¿Que has querido decir con eso?

– He querido decir lo que dije.

– Pues entonces vamos a ver. Es tu futuro contra el mío.

– Yo no lo creo… Vos acabas de crear una guerra de futuros.

– ¿Vos no tienes más ganas, no es, Isadora? Ya entendí.

Ella no respondió. Agachada en el piso, se ataba los cordones de los calzados.

– Pero en vez de admitir, vos me vienes a decir que quedaré con Bebel después que te vayas.

De nuevo ella no respondió.

– ¡Muy conveniente, pues ahí seré yo el criminal de la historia! Muy conveniente. Vos eres la loca más viva.

– Llegó la hora, Luca – ella dijo, tranquilamente. – Mi autobús sale a las cuatro.

Él la miró con firmeza y una rabia retenida.

– Puedes irte. La puerta está abierta.

Y se sentó en la cama, tomando una revista cualquiera para leer.

– Luca…

– Yo intenté, Isadora – él dijo, hojeando nervioso la revista.

– Mírame…

– Yo juro que lo intenté.

– Luca, mírame. No necesitamos alejarnos así, por favor.

– Yo intenté. Pero vos… esa tu locura… me está afectando demasiado…

Él soltó la revista y ocultó la cara entre las manos temblorosas, el llanto atragantado en la garganta. El corazón le explotaría en el próximo segundo. El mundo se derrumbaría al instante siguiente.

Ella quiso acercarse, pero él, evitando mirarla, la impidió con un ademán.

– Vete de aquí, Isadora, por favor. Antes que yo enloquezca también.

Ella se sonrió, comprensiva, y agarró la mochila. Sabía perfectamente que habían llegado al fin del camino, que en aquel momento no existían más posibilidades. Allí estaba el hombre de su vida, sí, pero él no tenía la valentía de asumir el amor que sentía por ella y dar el paso siguiente. Ella tenía miedo de estar perdiéndolo para siempre, un miedo horrible, pero no debía insistir más, lo sabía. Abandonarlo ahora era la decisión más difícil de todas, pero sabía, con la más calma de las certidumbres, que necesitaba hacerlo. Cuatrocientos años antes, había confiado en Enrique, y él había fallado. Ahora, sabía que tampoco podría confiar en Luca. Todo lo que le quedaba era entonces confiar en la vida, en la rara e irónica sabiduría de la vida.

– Yo intenté, Isadora, yo intenté… – él seguía diciendo, la cara entre las manos.

Ella caminó en silencio hasta el living, abrió la puerta y salió, envuelta en una tristeza resignada. También había intentado.

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El Irresistible Encanto de la Insania

CAPÍTULOS

prólogo – 1 -2 – 3
4 – 5 – 6
7 – 8 – 9
10 – 11 – 12

 

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